
Hay una descripción del amor que me gusta mucho.
Dice que el amor es paciente y bondadoso; que no es celoso, ni presumido, ni orgulloso; que no es ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera, no se irrita y no lleva un registro de las ofensas recibidas.
Al leerlo, puede parecer imposible de encontrar, pero creo que es muy real.
Solo que estamos tan ocupados buscándolo, que se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta de que nosotros mismos podemos convertirnos en ese tipo de amor.
Para recibirlo, debemos estar dispuestos a darlo.
Nuestra demanda debe ser equivalente a lo que ofrecemos. Es como una siembra: lo que damos, eso recibimos.
Algo asombroso sucede cuando nos disponemos a darlo: nuestro corazón se fortalece y encuentra dirección.
Descubrimos que hay mucho más valor en dar que en recibir. Nuestra vida se enriquece y, cuando menos lo esperamos, comenzamos a ver los frutos de una decisión tan importante como amar sin reservas, sin miedo, sin dudas, sin límites.
No depende de nosotros que los demás ofrezcan ese amor.
Lo que sí está en nuestras manos es decidir darlo.
Pero para esto es necesario comenzar por nosotros mismos.
Cuando entendemos la importancia de amarnos, se vuelve más fácil amar a otros desde un lugar sano y sincero.
El amor no se da por vencido, siempre tiene esperanza y se mantiene firme en toda circunstancia.
Por eso, Que no encontrar amor… no nos impida amar con plenitud.




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