
Al dejar un lugar siempre pierdes algo, pero ha sido en mis despedidas más recientes donde esa realidad viajó fuera de mis maletas. La primera vez no lo noté hasta que regresé a mi país; fue entonces cuando descubrí que todo se movía a mi alrededor mientras yo parecía estática, viendo a todos pasar. Nada se detiene por ti. Mi sensación fue que ya no era parte de sus vidas, que no pertenecía a aquel lugar que me vio nacer y crecer; sentí que ya no me recibía. Esa es la misma sensación que tengo hoy: la de no formar parte del día a día de aquellos con quienes alguna vez compartí tantas vivencias. Pero ahora lo gestiono mejor, porque entiendo que a ellos también les tocó aprender a caminar con mi ausencia y a adaptarse a sus propios cambios.
Viajar es genial y divertido, pero mudarte te cambia la vida. ¿Y a quién culpas? A nadie. Nadie es responsable más que uno mismo, y toca asumir la decisión con todo lo que venga.
Cuando haces maletas, tratas de meter en ese equipaje a la familia, a los amigos, a las mascotas y a los compañeros; pero te asalta la sensación de que, mientras tú te los llevas contigo, tú solo te quedas por un tiempo en sus estantes: pronto llegarán adornos nuevos y el espacio será reemplazado. Y está bien; cuando lo piensas, no sería justo exigirles otra cosa. Me he acostumbrado a eso, pero pesa. Pesan los festejos de los que no soy parte: los nacimientos, las bodas, las celebraciones de los éxitos, así como el no poder acompañar o servir a quien ha sufrido una pérdida. Es duro; si tú has hecho un cambio geográfico o personal, me entenderás.
Acumular despedidas hace que el costo sea mayor. Esta última etapa me obligó a mirarme de cerca y a darme cuenta de que en cada traslado no he viajado ligero por haber soltado lo innecesario, sino porque simplemente guardé las cosas en mi interior para poder avanzar. Revisar lo que quedó, lo que sigo cargando y lo que quisiera recuperar ha sido un proceso profundamente revelador. He descubierto verdades sobre mí que antes no alcanzaba a ver y ha sido muy sanador; experimenté una liberación emocional tan fuerte que me motivó a revolver el pasado. Y aunque duele, al final, cada cierre te regala paz.
Hoy es fuerte mi deseo de pertenecer. Sin embargo, soy consciente de que no tengo el control de esa decisión; pero guardo esa esperanza, y la esperanza no avergüenza.
No es improvisar, aunque así lo parezca. Es aceptar que mi historia no la escribo a solas. No planeé andar de un lugar a otro, pero hoy agradezco cada estación; cada una dejó algo valioso en mi maleta interior. Al final, entiendo que este mapa invisible que me ha traído hasta aquí no ha sido trazado en vano y que, de una forma misteriosa y perfecta, todo ha sido para bien.




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