
Normalmente es fácil contar lo bueno que nos pasa: las alegrías, los logros. Da igual si quien escucha es de confianza o no. Pero todo lo demás —las tristezas, las desilusiones, los miedos y las pérdidas— no es tan sencillo de compartir. Si pensamos en abrirnos, queremos que sea con alguien de absoluta confianza. Y eso es muy difícil de encontrar, porque hemos entrado en modo protección.
Uno de los motivos que nos llevan a refugiarnos en nosotros mismos para cuidar la intimidad del dolor que cargamos es que hayan traicionado nuestra confianza: compartimos algo íntimo que terminó en oídos ajenos. También puede que nos hayan enseñado que es mejor no contar lo que estamos pasando para no mostrarnos vulnerables. O quizás es solo nuestra personalidad: somos de pocas palabras o tendemos a la timidez. Sea cual fuere el motivo, sabemos que cargar con eso en silencio pesa.
Yo he aprendido que encontrar a ese amigo que ama en todo tiempo, ese que escucha y que es como un hermano en tiempo de angustia, es maravilloso. A su lado, hablar se vuelve sanador.
Pero hay muchas personas que, al conocer nuestra vulnerabilidad, no solo empatizan con el dolor: también encuentran esperanza al saber que lo logramos. Y descubren qué nos anima a seguir luchando cuando a ellos les parece imposible.
Además, al escucharnos hablar en voz alta, se revelan verdades que no es posible oír en el silencio. Al recibir la opinión de quien nos escucha, obtenemos una mirada diferente y, quizás, ese sea el impulso que nos ayude a salir y avanzar. Y aunque no encontremos en la otra persona una respuesta o una solución exacta, su presencia para acompañarnos puede bastar para renovar nuestras fuerzas. A veces, la única ayuda que necesita nuestro corazón es dejarlo hablar; liberar aquello que nos gustaría compartir, pero que nos obligamos a callar.




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