Me falta tanto por aprender. Muchísimo.
Pero estoy profundamente agradecida por todo lo que he aprendido hasta ahora.
Cada lección de vida me ha ido moldeando hacia una nueva versión de mí misma, una que poco a poco se sigue afinando.
Me gusta pensar que estoy en la rueda de un alfarero exigente, que no se conforma.
Cuando la forma no está saliendo como él la visualiza en su mente y en su corazón, la rompe… y empieza de nuevo.
No con frustración, sino con una ligera sonrisa en sus labios, porque disfruta el proceso. Disfruta pasar tiempo moldeando su obra y espera con ilusión el momento de verla terminada.
Él sabe que llevará tiempo.
Pero también sabe que, un día, contemplará y disfrutará aquello que creó con sus propias manos.
Lo más hermoso de esta imagen es que el alfarero nunca descarta la materia prima.
Con paciencia y amor la limpia, la trabaja y la vuelve a usar una y otra vez.
Y frutos del tiempo en manos del Artista, son estos escritos.
Este no es un espacio para enseñar, sino para compartir lo que he aprendido.
Desde mis errores y mis aciertos.
Desde la tristeza y la alegría.
Desde el dolor, un adiós, la distancia… y desde la convivencia y los encuentros.
No soy escritora profesional.
Soy una mujer sensible, detallista y observadora que no quiere perderse las lecciones de la vida.
Mi relación con Dios es el fundamento de mi fe.
Amo escucharlo en lo cotidiano, el susurro, y en lo sencillo.
Si buscas un lugar donde leer con calma,
anhelo que este espacio también sea para ti.
Aquí nos encontraremos para hablar,
como si estuviéramos tomando un café.

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